Por Eva Barro.


La enseñanza y la literatura son mis dos pasiones, como anotó mi editor en la breve biografía del autor que suele figurar en la solapa de las novelas. Con frecuencia me pregunta el presunto lector que ojea una de mis obras, por ejemplo, en las Ferias del Libro: «¿es profesora de Literatura o de Clásicas?». Y la respuesta le deja un tanto perplejo: «Química y Matemáticas».

Me encanta explicar a mis lectores que la formación científica es una base fabulosa para el trabajo literario porque desarrolla capacidades como la observación, la síntesis, la precisión y muchas más. Teniendo en cuenta, además, que no pocos científicos fueron baluartes de las letras —y no solo en el género de la ciencia ficción—, como Isaac Asimov o Carl Sagan. Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, era médico; Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas, era matemático; Pío Baroja era médico también; e incluso don Santiago Ramón y Cajal escribía cuentos.

Al mismo tiempo, y este es el mejor argumento, el buen uso del lenguaje es esencial a la hora de comunicarse; sobre todo si el tema es científico, donde el rigor y la claridad se hacen imprescindibles. Esto les decía yo a mis alumnos con frecuencia cuando protestaban de asignaturas encasilladas en lo que se llamó Humanidades: «¿Es que cuando seas ingeniero, físico o dentista vas a dejar de pensar y comunicarte? Pues aplícate a la Filosofía y a la Lengua Española para hacerlo bien».

Las dificultades que presentan algunos alumnos con las matemáticas no son más que falta de comprensión lingüística y lectora: no entienden los enunciados de los problemas porque no leen bien, se limitan a descodificar palabras sin penetrar en su sentido. Muchas, muchas veces, en un examen, una chica o un muchachito me llamó para pedir ayuda desesperada y mi reacción fue siempre la misma: «lee despacio y en voz alta»; problema resuelto para el educando en cuestión y para todos sus compañeros.

De aquella anécdota, cuando ejercí de profesora asociada en la Universidad Complutense, no hacen falta comentarios. También en un examen: «Profesora, no entiendo esta pregunta, no sé qué me pide, tiene que estar mal». «Léala en voz alta y dígame lo que no comprende». La punta del bolígrafo señaló la palabra «respectivamente». Créanlo ustedes o no, estábamos en el primer curso del grado de Enfermería.

Me hace muy feliz contemplar a cualquier persona leyendo un libro, pero si se trata de un niño o un joven, la esperanza en un futuro mejor retoña en mi interior con la fuerza de un brote de hojitas verdes a los pies de un olmo viejo.

Por eso, por la esperanza en que el futuro que se nos echa encima, ya no a gran velocidad sino acelerando y aún con aceleración creciente, sea el mejor posible, es tan importante cuidar a las nuevas generaciones; e igual de importante, cuidar la calidad de los libros que ponemos en sus manos, así que a nadie le extrañe que dirija todo mi esfuerzo e ilusión en seguir cultivando mis dos pasiones: la educación y la literatura.


Eva Barro García (Asturias, 1961) es profesora de Química y Matemáticas y escritora. Su vocación literaria comenzó en la infancia y, desde el año 2000, ha obtenido numerosos premios en concursos de relato, cuento y novela en toda España. Entre sus obras destacan Un álamo en otoño (2013), Premio Juan Valera de Novela; En el tiempo manso (2015), Premio Internacional de Novela Alcorcón Siglo XXI; y Ecos de aula (2025). En su obra conjuga sus dos grandes pasiones: la educación y la literatura.

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